Del “por qué” al “para qué”.
Vivimos en un mundo donde la queja ha tomado asiento cómodo en nuestras conversaciones, pensamientos y vínculos, esta vorágine que nos arrastra y que vemos como algo normal, disfrazada de desahogo, de análisis o incluso de humor… pero cuando se queda demasiado tiempo, puede nublar nuestra capacidad de acción.
No se trata de reprimirla sino de ver que entraña y atrevernos a cruzar el umbral.
La queja: ¿qué intenta decirnos?
Debajo de la queja suele haber:
- Una necesidad no escuchada
- Un límite que no se ha puesto
- Una herida que pide atención
- O un anhelo de cambio
Escuchar la queja sin juicio nos abre las puertas a traducir qué hay detrás de ella.
¿Y si la escuchamos con apertura?
Permítete quejarte
Observa si estás en un bucle o si es una queja nueva
No es lo mismo llevar atrapado mucho tiempo con un mismo tema que atender una nueva situación.
Pregúntate:
“¿Qué es lo que realmente necesito ahora mismo?”
Esta simple pregunta te devuelve la atención a ti, lo que te permite centrarte en tus necesidades y conocer el origen del malestar.
Tal vez no necesites hacerte la pregunta y con simplemente poner la atención en ti y no en el objeto de la queja (cuidado si objeto eres tú).
El movimiento comienza con un acto de compasión hacia ti mismo.
Una acción pequeña y presente
No busques un cambio inmediato ni una toma de decisión rápida. muchas veces es más el cambio de actitud hacia aquello que te produce malestar que un movimiento en dirección opuesta para que las cosas sean diferentes.
Hay pequeñas acciones que pueden ayudarte cuando la queja te atropella, como:
- Escribir lo que no te animas a decir en voz alta
- Mover tu cuerpo para soltar el estancamiento
- Poner un límite a tu discurso mental
- Pedir ayuda
Cada gesto diferente al habitual: es una victoria, por pequeño que parezca.
En resumen:
- La queja es señal, no destino.
- Abrázala y usa esa energía a tu favor.